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| TEXTO DEL AUTOR, ALUSIVO AL "COCHECITO
LERÉ" |
Desde que fui niño mantuve el interés por pintar
sobre todas las superficies posibles y, cuando por fin pude permitírmelo, lo hice sobre
la chapa de un coche. Elegí un Volvo 245 familiar, un modelo como aquellos a los que
tanto había admirado en las películas. Me gasté un buen dinero pero compré el coche,
lijé toda la superficie y empasté después con un cemento especial que había probado
dos semanas antes; luego preparé un andamiaje alrededor y sobre el techo... y durante
tres meses estuve pintando sobre toda la superficie del coche, varios paisajes, algunas
figuras, un rostro de mujer, una marina daliniana, ventanal incluído..., en fin, estuve
haciendo realidad un sueño. Una vez terminado, sometí la pintura a un túnel de
barnizado. El coche ya era algo único, irrepetible y bello. Ya no era un coche
cualquiera, ahora era el "Cochecito Leré", una más de mis obras, otro de mis
cuadros, de modo que como tal formó parte de la exposición de aquel año. A la
exposición le di el título de "Figúrate", jugando con un doble sentido muy
explícito, y allí, entre otras 30 obras, estaba el "Cochecito Leré",
instalado en mitad de la Sala... Contaré, como anécdota, el enorme esfuerzo que fue
necesario para poder introducirlo en la Sala de Exposiciones, porque la anchura de la
puerta de entrada era inferior a la anchura del coche, de modo qué solo había una
solución posible: levantarlo por encima del edificio (un edificio de cinco plantas) y
hacerlo descender por un patio interior hasta la parte trasera de la Sala de Exposiciones,
donde otra puerta le impediría el paso, aunque se comprobó que desmontar ésta puerta
resultaría más fácil ya que, a diferencia de la principal, a ésta no le flanqueaba el
muro. Y eso fue exactamente lo que hice. Contraté a una empresa especializada los
servicios de una grúa de esas que van instaladas sobre inmensos camiones y que necesitan
un sin fin de permisos legales para detener el tráfico en las calles de alrededor, abrir
y fijar sus patas de anclaje sobre el asfalto, etc, y una vez el coche estuvo
convenientemente embridado, la grúa lo levantó por encima del edificio y lo depositó
suavemente sobre el patio interior. Luego unos operarios desmontaron la puerta, hicieron
pasar al coche y volvieron a montarla. No hace falta decir que, una vez termianda la
exposición, hubo que repetir todo el proceso a la inversa, grúa incluída. (Por cierto,
la grúa en cuestión me costó un dineral, una cifra tan escandalosa que ya no me fue
posible amortizar ni vendiendo los cinco cuadros que vendí en aquella exposición de tan
grato recuerdo).
Ese fué el gran comienzo del Cochecito
Leré, volando por encima de los edificios y formando parte de exposiciones como un cuadro
más, olvidando su propia naturaleza de vehículo rodante y utilitario.
Pero algunas veces la vida es cruel y pone todo patas arriba. Y a la vida de El Cochecito
Leré le llegó su momento de asumir la cruda realidad al mismo tiempo que a mí: me vi
obligado a retirar de la circulación mi otro coche y puse a currar al Cochecito Leré,
que lo hizo bien durante un par de años, manteniendo su pintura inquebrantable y hermosa,
suscitando la admiración allá por donde iba, hasta que en una ocasión, viajando desde
Madrid a Palencia, lo que sería su último viaje, el aceite del motor salió por
peteneras y dejó a la cigüeñal más seca que un pantano en el desierto.
El diagnóstico fué contundente: motor kaput. Pero la chapa estaba reluciente,
apuesta y bella como el primer día. Ahora, por fin, el Cochecito Leré era un cuadro,
sólamente un cuadro... aunque yo lo guardé con la secreta esperanza de poder cambiarle
el motor algun día...
Sin embargo, como antes advertí, la vida me quitó también a mí el cigüeñal,
dejándome con un corazón partío y ahíto... De modo que el futuro de El Cochecito
Leré, por depender de mi propio futuro, se ve oscuro, muy oscuro... salvo que alguien lo
ponga a salvo -"Sálvate tú, que salvarme yo es imposible", célebre frase de
Leonardo di Caprio en otro singular pecio-.
Esta es la razón por la cual decidí rescatar del olvido al "Cochecito Leré" y
ofrecérselo, como hice en un primer momento, al Museo Volvo, cuyo representante me hizo
saber que el Cochecito Leré tenía para el Museo un gran interés, aunque no podría
adquirirlo en aquel ejercicio presupuestario. En el siguiente fue otra excusa y en el
siguiente otra, de modo que ya me cansé de esperar. Por éso lo he puesto a la venta.
Estoy convencido de que alguien, en alguna parte, podrá pagarlo, sabrá cuidarlo y
disfrutarlo.
Sólo es preciso que este mensaje llege al destinatario adecuado. Si por casualidad eres
tú, quien lees este texto, solo tienes que ponerte en contacto con Abbé Nozal, lo cual
es muy fácil en internet. Espero tu llamada. |
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