El negocio de los representantes culturales da lugar a un comentario crítico por parte de Rafael Alonso Gónzález, pintor palentino que dirige su diatriba al entorno institucional de Castilla y León

 

lo firma...
Rafael Alonso González

Representantes culturales

cochep.jpg (29566 bytes)Abundan las asociaciones culturales de todo tipo, incluso en ciudades pequeñas, donde es común el caso de ciertas agrupaciones cuya junta directiva conforma la totalidad de los socios, y aún otras en las que la nómina empieza y termina en quien la creó. Respetables, sin embargo, dado que sus dirigentes son por lo general personas que en su día destacaron en sus respectivos oficios, a los que se pretende contribuir, como es lógico, desde la agrupación correspondiente que, dicho sea de paso, suele funcionar como asociación sin ánimo de lucro.

Mas la hay también, sencillamente, sin ánimo. Y aún otras que, bajo bandera altruista, salta a las claras que están ahí para ver qué se llevan. Estas últimas son caldo de cultivo para dirigentes que jamás destacaron ni por artes, ni por letras, aficiones o virtudes, pero que encontraron en las mismas el cauce ideal para ejercer de trepas, poner la cara, figurar, sacándole siempre al asunto la tajada que mejor y más impunemente puedan terciar. Sobre su tarjeta de visita, el nombre en letra gótica impreso en papel couché: Representante Cultural, Director de, Marchante de, Gerente de.

Lo vergonzoso es cuando estos listillos se creen salvadores del grupo al que creen representar y campan a sus anchas destrozando con manotazos de ignorancia todo lo que tocan. Su gestión, cuyo destino final es el bolsillo, saben camuflarla bajo ese otro destino universal: la ingeniería cultural.

Este sujeto conoce al dedillo el organigrama de las diferentes instituciones locales o regionales y se defiende como pez en el agua entre los políticos responsables de la cultura provincial, de quienes obtiene la concesión de variadas subvenciones o el contrato para distintos eventos de chunda-chunda o pincel, auditorios, salas de arte, etc. Así va marcando el mapa provincial, poniendo una cruz por cada sitio que pasa, señalando fecha y lugar al que llevó a exponer a sus pupilos y reuniendo un dossier provinciano de prensa provinciana para mayor gloria de futuros acontecimientos igualmente provincianos. Caja, clink, clink. Suma y sigue.

Ha resultado ser este personaje un fiel colaborador de concejales de cultura y responsables institucionales de idem, pues a estos les libera del gravoso trabajo de pensar a cambio de una módica subvención para la asociación sin ánimo de lucro a la que representa, o para la entidad de la que dice ser Director de, Marchante de, Gerente de.

¿Que un munícipe, por ejemplo, quiere ornamentar su ciudad salpicando aquí y allá un indeterminado número de esculturas? Hecho. El Representante Cultural lo tiene chupao. ¿Para qué va a perder el tiempo un Ayuntamiento en escuchar la opinión de expertos si ya cuenta con el buen hacer de este magnífico Representante Cultural? ¿Criterios históricos, sociológicos, artísticos, de estética urbana? ¿Qué es éso?... ¿Concurso de ideas, tal vez? ¿Para qué si el Representante tiene un largo dedo con el que orientar a sus señorías?

Con el tiempo, grupos políticos de diferente signo se van turnando en la asunción de competencias culturales pero, a la postre, es el Representante de siempre quien se lleva el gato al agua. Sin expertos, sin análisis, sin concursos de ideas... ¡a dedo!

Y aquí paz y, después, gloria. Los munícipes tranquilos y el Representante Cultural, Director de, Marchante de, Gerente de... ¡Caja, clink, clink! Suma y sigue.

Los demás miramos. n

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Revista "epítome" nº1 de 1999. http://nozal.com/epitome Administración y Redacción: epitome@nozal.com