| Está próxima la celebración en Palencia de una nueva exposición de las denominadas genéricamente «Las Edades del Hombre», una exposición que promete beneficios económicos, obtiene múltiples apoyos... y ninguna contestación. Iba siendo hora de disentir, no es posible que en una comunidad como la nuestra todo el mundo parezca conforme con lo que impone la cultura oficial, cuyas directrices son marcadas por la jerarquía católica y seguidas al pie de la letra por los políticos de la cosa |
Cuando una institución como la iglesia católica es depositaria de un elevado número de obras de arte que a ella -o a su doctrina- aluden, y en un determinado momento considera viable la exposición pública de las mismas, no sólo está en su perfecto derecho de realizar tal exposición sino que además todos celebramos semejante iniciativa. Lo que nos parece exagerado es titular genéricamente esta muestra como «Las Edades del Hombre», de ahí que nos veamos forzados a preguntar públicamente: ¿de qué hombre?
Es evidente que la iglesia ha propiciado la creación de un sin fin de obras de arte relacionadas directamente con su predicado. Se ha recreado así la figuración religiosa de los evangelios canónicos y un amplio espectro de imágenes ha descrito la vida y milagros de Jesucristo, ha dibujado escenas celestiales, repletas de ángeles y demonios, y ha elaborado plásticos mensajes acerca de la virtud cristiana, del misterio de la Trinidad, de la Virgen Inmaculada, etc. En definitiva, y no podía ser de otra manera, este conjunto de obras que el pueblo ha ido donando a la iglesia durante siglos, refleja el sentir de una doctrina concreta, la peculiaridad de una forma específica de entender la vida. Pero ni siquiera en este país y durante todos esos siglos se entendió la vida de una sóla manera. Hubo, pues, otros hombres, otras doctrinas, otras iglesias, otras innumerables obras de arte que, con parecido lenguaje plástico, explican la vida de otro modo. Por esa razón pensamos que el clero católico, responsable de la organización de esta muestra, no debía haberse arrogado en exclusiva la porpiedad intelectual de las supuestas edades del hombre. Tanta arrogancia creemos que debía estar ya superada.
Los españoles votamos una consitutción aconfesional, donde ninguna religión pueda atribuirse exclusividad y todas tengan los mismos derechos de implantación. La iglesia católica demuestra una permanente disposición a desmarcarse de esta definición aconfesional que se dió a si mismo el pueblo español e impone sistemáticamente planteamientos de supremacía o ejerce continuadas presiones para obtener un trato de favor que, por lo general, obtiene. Una vez más, en lo que se refiere al título de esta muestra que comentamos, airea su prepotencia al negar implícitamente cualquier otra edad al hombre no afín con su doctrina.
La tendencia de la jerarquía católica a despreciar cuanto no comparte es algo ya conocido. En tal sentido, toda manifestación artística no acorde con su ideario ha sido sistemáticamente relegada, despojada de trascendencia, apartada de la historia, esa historia que durante muchos años fue escrita al dictado del Vaticano. Un elevadísimo número de obras de arte han quedado así fuera del ámbito del iglesia católica, pero resulta que también esas obras reflejan la Edad del Hombre y forman parte, como poco con igual mérito, de esa historia que algún día habrá que reescribir.
No añadiremos más de lo ya dicho, sobre el título de «Las Edades del Hombre», acerca del nombre que sus eminencias han elegido para la muestra que va a celebrarse en la ciudad de Palencia, cual es el de «Memorias y Esplendores». Lo subliminal, otra vez, haciendo ver que no cabe noticia ni esplendor posible fuera del ámbito de influencia católico.
En otro orden de cosas, y dejando por el momento el título de la
muestra, llama la atención el repentino esfuerzo de la jerarquía católica para agrupar
sus fondos artísticos e itinerarlos en sucesivas exposiciones bajo el denominador común
de «Las Edades del Hombre»; sorprende y alienta sospechas más que fundadas acerca del
último objetivo que con tal actuación se pretende. La ley del péndulo ha funcionado
nuevamente a la perfección, pues hemos pasado de una situación lamentable en que los
propios jerarcas de la iglesía consentían en la liquidación del patrimonio artístico
-cuando no lo alentaban o participaban abiertamente en el expolio-, al fenómeno
contrario, cual es la protección, la restauración, la exhibición de este patrimonio
bajo formatos muy cuidados y con todas las garantías en cuanto a seguridad, imagen y,
sobre todo, trascendencia publicitaria, extremo este último que parece de vital
importancia para los organizadores, ya que en su virtud se podrán luego exigir cuantiosas
subvenciones a las diferentes dependencias de la Administración que, de una u otra forma,
quedan así comprometidas.![]()
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| Revista "epítome" nº1 de 1999. http://nozal.com/epitome Administración y Redacción: epitome@nozal.com |