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- Melancolía
- NOZAL

Algunos misterios inexplicables se me quedaron grabados
en la retina de la niñez y, aún hoy, cuando cierro los ojos para mirar por dentro las
arrugas del cerebro, me topo con ellos nuevamente. Deduzco que yo me he hecho viejo pero
mi retina no. Todo un milagro del iris mantener semejante colección de imágenes tiernas,
a despecho de la cantidad de asuntos importantes que han ido a parar a la basura de la
memoria.
Se dice que la melancolía es el dulce del emigrante y
dulcísima es cuando la prueba quien emigró de sí mismo. Sin embargo, Don Josua Havu
asegura que tanto dulce empalaga y que una sobredosis de melancolía puede adelantar la
muerte. De todos modos, puesto que de algo hay que morir, no está mal que elijamos esta
sobredosis tan repletita de ventajas, véase: no necisita jeringuilla, es limpia, carece
de efectos secundarios, no da calambre y además le deja al difunto un rictus sobrecogedor
de intensísimo gozo. Un chollo.
Uno de los primeros muertos que quedó para siempre
registrado en la retina de aquel niño que un día fuí, había fallecido de melancolía.
Daba gusto verle: sentado en un sillón de mimbre, la cabeza ladeada a estribor y los
labios, si bien descoloridos, en ademán de sonreir. Era un muerto que parecía vivo, una
cosa muy rara.
Recuerdo que en aquella estancia sólo estábamos el
fiambre y yo, uno frente a otro, mirándonos fijamente aunque sin decirnos nada. Me
entretuve mucho tiempo contemplando esa clase de muerte a contraluz y contagiándome de un
sosiego que era espeso y blanco como la nata de la leche.
Tal vez debía recordar quién era el muerto, si
pariente o amigo de la familia. Quizá también debía acordarme del momento en que toqué
su mano, pues sentí un frio como de escarcha y grité asustado pidiendo ayuda, una manta,
unos guantes, qué se yo. Recordar el luto generoso del vecindario, o el rítmico gemir de
una legión de plañideras, o el ataud de caoba que tenía un crucifijo palteado con un
brazo suelto, o el agüjero en la tierra, húmedo y profundo como la cueva del dios
Hades... Pero ya digo que no, que de toda esa fanfarria no recuerdo nada; tan sólo aquel
contraluz bellísimo, la paz de nata y un diagnóstico, entonces indescifrable, que
señalaba sin lugar a dudas la causa del óbito: empacho de melancolía.
Uno entiende estas sutilezas cuando ya dobló la esquina
de la vida, lo cual sucede comunmente tras cumplir los doscientos años. Descubres, por
ejemplo, para qué sirven los dedos de la mano, por qué la noche se turna con el día,
cómo funciona el sótano de la matemática o cual es el último pretexto de la gravedad.
Y, ante la evidencia de que tanta sabiduría no vale para nada, entre otras cosas porque
uno mismo ya nada vale, se baja la guardia y allá que te va la melancolía, entrando a
saco en el íntimo tesoro de aquellas dulces imágenes grabadas a fuego sobre la retina,
sobre la jovencísima retina del ojo viejo.
Al final la vida es sólo éso. Y el único proyecto de
futuro no es sino el inventario de las ciento cincuenta ternuras registradas: la tarta de
la abuela, la cola de un langostino, la primera excursión a San Saturio, los cuernos que
nos puso Doña Violante, la traca de noche vieja en la Bahía y, tal vez, aquélla
merienda en la bodega de Torquemada, donde una mujer redonda me ofreció la pata de un
lechazo bien asado y doradito.
Y aquel muerto a contraluz, por supuesto.n
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Ilustración que encabeza el texto: "Rostro
amigo", 75 x 52 cm, Nozal, 1987
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Este artículo fue publicado en el periódico "El Norte de Castilla" (9 abril
1987)
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Recientemente publicado en El
Sitio de la Melancolía
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