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- Un estandarte para tu noche
- NOZAL

A trescientos sesenta kilómetros de altura, dos
cosmonautas rusos han abierto un paraguas blanco y reflectante para que el sol siga
brillando en las noches de este planeta.
Lo subieron hasta allí atado a la proa de su nave y,
llegados a ese punto mágico, cuyas coordenadas estarán marcadas digitalmente en algún
ordenador de la Estación Orbital "MIR", desplegaron un plato sopero de veinte
metros de diámetro; plástico y aluminio que no lograron tensar lo suficiente y quedó en
margarita más que en "estandarte". Tal es su nombre: "Estandarte".
Qué cosas, oye, en tanto aquí, en la superficie de
esta manzana podrida, andan los hombres a cuchilladas, van estos cosmonautas, entre
puñalada y puñalada, a iluminarnos por la noche los cadáveres. Aunque es probable que
para darnos por aludidos no resulte suficiente un sólo plato galáctico, probablemente
necesitaríamos la vajilla entera . Nos negamos a ver la muerte durante el día y, hasta
donde yo sé, seguiremos empeñados en ignorarla por más que nos echen vatios durante la
madrugada.
El caso es incordiar. De momento a nosotros nos están
jodiendo el paradigma de la dualidad y a los sintoístas les han hipotecado los
mismísimos cimientos del ying y el yang en una de sus más celebradas acepciones, o sea
el día y la noche. Pero tú tranqui, Nuria, que aún nos queda esa otra dicotomía
"hombre-mujer", gracias a la cual podemos todavía mantener la esperanza y el
equilibrio en tanto nos inventamos alguna otra fórmula para pasar las noches en blanco.
No sé muy bien por qué te cuento esta historia, quizá
es que aún recuerdo tu exagerada afición a los crepúsculos y cómo y con cuántas ganas
te quedabas dormida apenas el sol terminaba de esconderse. Aquellas noches en blanco eran
de blanco satén y, además, sólo mías: tú te dejabas hacer desde esa concupiscente
placidez que otorga el sueño, sin despertar jamás, insinuando apenas una mueca de placer
y aislando tu levedad del frenético trajín que yo me traía con lo más profundo de tu
sexo.
Me viene a la memoria aquella ocasión en que acabé
derribándote al suelo, después de cabalgar sobre tus nalgas más de una hora, después
de recomponerte en cien posturas diferentes y deshacer la cama y empaparte de sudor y
esperma. Al caer te golpeaste en la nuca y un leve reguero de tu sangre heló la mía. Tu
pulso había desaparecido y durante unos eternos minutos anduve buscándote una
respiración que no encontraba. Pensé que te había matado. Pero no, despertaste con la
primera luz del día, como siempre, apenas aturdida por un ligerísimo dolor de cabeza que
resultaba inexplicable.
¡Qué facilidad la tuya, Nuria, para despertar cada
mañana! A falta de gallo que te cantase la aurora, un maldito reloj, programado para dar
las ocho con el boletín informativo de Radio Nacional, te ponía en moviento con las
primeras noticias del día. Lo que no conseguían mis embestidas lo lograba aquel odioso
aparato "made in Taiwan".
Decías que dormir conmigo era alucinante. Te acostabas
vistiendo un pijama de raso y amanecías buscando tus bragas entre el rebujo de las
sábanas. ¡Ah, mi bella durmiente, cuántas veces gozé de tu cuerpo desnudo y qué
innumerables posturas fuiste obligada a soportar desde la indefensión del sueño!
Jamás conocí a nadie que tuviera, como tú, un dormir
tan denso, implacable y dulce al mismo tiempo. "Cuando el sol desconecta, yo
también", decías. Y aquí, quien subscribe, notario de excepción, dando fe de que
así era. Ahora te confieso que acabé cogiéndole gusto al asunto; tanto que, una vez
rompimos nuestra relación, necesité algún tiempo hasta recuperar el placer del polvo
compartido.
¿Qué será de ti ahora que el sol brilla de noche,
reflejado en una sopera soviética tan desafortunadamente llamada "Estandarte"?
Decía mi admirado César Vallejo que conoció "a un hombre que dormía con sus
brazos; un día se los amputaron y quedó despierto para siempre". A tí, Nuria, dos
anónimos cosmonautas te han amputado la noche y tal vez, desde ahora, no encuentres ya
nunca descanso.
Desde aquí te deseo que al menos aprendas a amar
despierta para que, de ese modo, el resto de tus noches en blanco sean también de blanco
satén, como lo fueron las mías, breves, dulces y animosas. Tus bragas, cada mañana,
volverán a encontrarse en el rebujo de las sábanas, pero será así porque tú habrás
querido que estén allí.
Un beso, amor.
A los cuatro días recibí un escueto telegrama: Los rusos deberían
colgar el paraguas en tu noche STOP A ver si espabilas STOP Placer especial simular que
dormía STOP Nuria STOP n
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Ilustración que encabeza el texto: "Tras la puerta", óleo sobre tabla de 1983
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Este artículo forma parte del libro de Nozal titulado "Cartas de Cama y Amor",
un libro que está esperando todavía encontrar alguna editorial que desee publicarlo.
Registrados los derechos de Propiedad Intelectual y el Depósito Legal (R.P.I.,DP. P-77
clave 1997/45483)
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