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- Visiones
celestiales
- NOZAL

El entrevistador se esconde tras la cámara de
televisión y apenas si nos deja ver la empuñadura del micrófono. La voz en of que
escuchamos es grave y pausada, solemne, en claro contraste con esa otra agudísima
correspondiente a la mujer que se extasía en primer plano; abre los ojos
desproporcionadamente y gesticula como si fuera italiana, aunque es de Badajoz, para
relatar al público que quiera escucharla que élla ha visto a Dios.
"He visto -dice- un camino precioso, repletito de
flores, que venía del cielo y llegaba hasta aquí; aquí mismito, oiga, que no le digo
más p'allá o más p'acá, sino aquí".
Requerida por el periodista, otra mujer refrenda la
declaración de la anterior, si bien matiza: "Yo también lo he visto; era un camino
blanco como la nieve, pero no venía hasta el prado sino que se quedaba en el cielo; mi
hijo -añade, mostrando a la cámara un retoño de cuatro años- también lo ha
visto".
El profesional del micro, que es un lince, desvía la
pregunta hacia el marido de la señora, que contemplaba la escena en un difuminado segundo
plano: ¿Usted también lo ha visto?
- No, yo vengo aquí para acompañar a mi mujer. Yo no
soy creyente,¿sabe?
Otra mujer que merodeaba alrededor de la escena,
impaciente por meter baza en el asunto, apostilla: "El que no tiene fe es como si
estuviera ciego". Otra más, a su lado, gritando casi: "Abre tu corazón y
verás a Dios". Enseguida, todo un coro de señoras, a viva voz, se soltaron por
aleluyas y comenzaron a corear, incadas de rodillas, la letanía de su santo rosario, ave
maría, ave maría, santa maría, santa maría...
Un pequeño revuelo se organizaba entonces a pocos
metros del cámara. La voz en of nos acercaba al lugar del suceso mientras la imagen
caminaba con movimientos cabeceantes. "Señores y señoras, nos dirigimos hacia el
abeto en que tienen lugar la apariciones; todo parece indicar que podremos asistir, en
directo, a una de éllas".
La histeria colectiva se había desatado. Cánticos,
llantos, exclamaciones, alabanzas a Dios, a la Virgen del Santo Abeto y a la Santa Curia
Romana. Y, en medio de un nutrido y compacto grupo de correligionarios, la vidente, una
madurita mujer con aspecto de hortelana, sorteaba piedras, piernas y rastrojos sumida en
un ataque convulsivo que le hacía babear y gemir lastimeramente; de la frente le brotaban
dos reguerillos de un líquido sanguinolento y podía verse, pues enseñaba al público
las palmas de sus manos, que los estigmas de la cruz adoptaban la forma viscosa y
purulenta de sendas llagas divinas, absolutamente asquerosas.
El sol, en ese instante, comenzó a girar sobre sí
mismo y a lucir intermitentemente; todos los colores del arco iris surgieron de improviso
formando un halo alrededor del Santo Abeto. La tierra tembló. Era, sin duda, el comienzo
del espectáculo.
De las tres mil personas que allí se habían
congregado, quinientas diecisiete fueron presa de similares convulsiones a las descritas
y, aunque sin llagas, vieron aparecer a Jesucristo en persona, igualito, igualito que el
que reproducen las estampitas de la parroquia; doscientas ocho, vieron a la Virgen,
bellísima, tocada de un largo velo blanco y vestida de azul celeste, como recién
descarnada de un cuadro de Murillo; un grupo de ciento y pico personas se repartieron
visiones más selectivas y así, entre éllos, hubo quien departió unos instantes con el
mismísimo San Judas Tadeo, otros, que hablaban francés, vieron a San Hubert Fournet y a
Santa Isabel Bichiers des Ages y aún alguno se topó con la visión de todo un ejército
de mártires en pleno desfile celestial. Por último, cuarenta y siete personas que
habían llegado hasta allí en autocar y que aún permanecían en su interior, levitaron
al unísono y elevaron el vehículo en el aire, dos palmos por encima del abeto.
Cámara y locutor, terminado el acontecimiento,
despidieron el programa hasta la semana siguiente: "Volveremos -dijo- más preparados
la próxima ocasión. Traeremos un inalámbrico e intentaremos entrevistar, para todos
ustedes, a la Virgen María, madre de Dios".n
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Ilustración que encabeza el texto: "El
Supercristo" (Nozal, 1990).
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Este texto es un capítulo de la última novela del autor todavía inédita y cuyo título
aún no ha sido decidido.
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