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- Sectas
del Más Allá
- NOZAL

Los elegidos por el dedo ingrávido de Yhavé crecen de
repente un palmo y miran al resto de la humanidad por encima del hombro, se aglutinan
alrededor de un gurú que dice cosas sublimes y luce aureola colorá, degustan la
adrenalina del misticismo mientras entonan cánticos repetitivos y caminan lentamente
hacia la eternidad del Más Allá, lugar sagrado al que aseguran pertenecer y del que dan
pelos y señales, alardeando conocerlo mejor que el mismísimo barrio donde habitan.
Ese Más Allá es su casa y la casa del dios-padre, una
mansión inabarcable donde cabe todo el mundo pero donde sólo éllos, los elegidos,
tienen franqueada la entrada; el resto de los mortales pecadores, descreídos o
simplemente ignorantes, nos vamos a quedar en la calle, en la puta calle eterna, a la
eterna intemperie, bajo el eterno relente de las madrugadas eternas... Enfín, demasiada
eternidad para los tiempos que corren.
El campo de la incultura, aventado por el pavor de la
existencia, hace crecer profetas verticales -al modo de "Amanece, que no es
poco"- y, llegado el final del milenio maduran como maduran las brevas en Adviento,
dando frutos bancarios suculentos aunque, eso sí, con un amargo sabor elitista,
epopéyico, racista y sanguinario.
De todos los dioses que se ofrecen en la Carta del
Olimpo, estos profetas milenaristas eligen siempre al más barato, al que más acojona al
personal, al dios gruñón que admite un ritual despótico y deja sitio, a su lado, al
visionario a cuyo nombre figura la cartilla de ahorros.
En las cábalas sobre el fin del mundo entra toda la
basura esotérica que ustedes quieran mezclar: desde el evangelio de San Juan hasta las
piadosas advertencias de Thomas Kempis, desde la monocromía bíblica hasta las cartas
astrales, desde las alucinadas teorías sobre el retorno de la muerte hasta las no menos
fantásticas conclusiones de la ufología... La única condición es que, en boca del
gurú, suenen divinas y den el resultado esperado, o sea, que aumenten su poder sobre el
rebaño y aumenten también las cuotas, limosnas y donaciones con las que se sujeta el
tinglado de la armonía celestial en esta tierra.
La mente de los profetas es un saco de mierda y, su
autodesignación como tales, el resultado último del desprecio que sienten hacia todos
sus vecinos. El profeta, aislado en laboratorio, es un suicida ejemplar: para morir le
basta una sesión de psicoanálisis. Los sectarios en cambio son seres desprotegidos e
inmaduros, deseosos de encontrar quien les ampare, ansiosos por obtener un poquito de
afecto o cualquier sucedáneo mínimamente parecido; dispuestos a pagar a cualquier precio
las promesas de tranquilidad que, tan "baratas", ofrece el mesías anunciado.
Cuando un psicótico traumado y soberbio pone en su boca
la palabra "Dios", es inmediatamente venerado por una cohorte de ingenuos
ciudadanos que quieren censarse de inmediato en el reino del Más Allá. Tal es la
definición de secta religiosa; añadan ustedes luego las matizaciones correspondientes al
dios y al rito: el resultado será un catálogo de todas las religiones existentes, al
margen de su fecha de aparición o, en su caso, de desaparición.
Cuando la prensa nos alarma con la noticia de suicidios
colectivos o matanzas indiscriminadas en nombre de Alá, volvemos nuestra atención al
fenómeno religioso y miramos en derredor intentando descubrir algún germen mesiánico
que se hubiera agazapado en la oficina, bajo la mesa del comedor o debajo de la cama. Que
no cunda el pánico: las sectas de por aquí tienen años de implantación y están
homologadas. No parece probable que, a medio plazo, se organicen suicidios colectivos en
los templos románicos que la Dirección General de Cultura y Patrimonio se apresta a
rehabilitar.
Aquí las sectas se conforman con un periódico lavado
de cerebro a la feligresía y el recuento dominical del óbolo correspondiente. De
momento, la integridad física del incauto siervo no corre peligro. Nuestros familiares
sectarios hace tiempo que tienen el encefalograma plano pero, estemos tranquilos, no van a
ser conducidos al cadalso cuando, de sus inmensas aportaciones económicas, depende el
buen vivir del Gran Profeta. Hoy por hoy, los suicidas Templarios del Sol no tienen sitio
en nuestra casa.n
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Ilustración que encabeza el texto: "El
orejas", de la serie "Rostros" (1990).
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Este artículo se publicó en el periódico El Norte de Castilla (5 noviembre 1995)
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