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- El memorión
- NOZAL
Existen algunas personas que tienen una memoria
privilegiada, en ésto, como en todo, anda la cosa mal repartida. Y aquí estamos los
amnésicos, los que apenas si recordamos el día de ayer, chorreando envidia ante esa
legión de energúmenos que se acuerdan hasta de la fecha en que su mujer les regaló
aquella horrible corbata de seda negra.
- Jueves, 17 de Agosto de 1.977, eran las 17:15 horas,
lucía un sol espléndido, sonaba a lo lejos una melodía, probablemente el "amor
brujo" o alguna parecida composición de Falla, Eloísa salía de la ducha con su
bata blanca, blanquísima y empapada, vino hacia mí, me besó en el centro de la calva y
puso sobre la mesa un estuche estampado en rojo.
- ¿La corbata?
- Efectivamente. De raso negro.
Lecciones como la que antecede me dejan atónito. Intento mitigar mi particular carencia
realizando ejercicios mnemotécnicos cual si fuera el mismísimo Simónides y replico a
los cerebrines recitándoles de memoria una colección de siete números telefónicos
elegidos al azar, algo estúpido per se y que efectivamente no vale para nada, salvo que
me proporciona un ligero consuelo y alimenta la secreta esperanza de recordar poco a poco
mi pasado y descubrir al fin el día, la hora, el lugar y el motivo por el cual mi vida
fuése al mismísimo carajo.
No recuerdo ahora si fué Césare Pavese o aquel otro César, más entrañable y más
Vallejo, quien dijo que la vida era como una operación aritmética en la que bastaba con
equivocar un sumando para que ya no saliera. Quien tiene la facultad de recordar cada
sumando podrá hacerle a su futuro la prueba del nueve, pero... ¡ay de los desmemoriados,
incapaces de recordar si quiera si sumaron, restaron o dividieron! Los que, como yo,
tenemos la sesera incompleta y un sumando equis confundido, hemos de conformarnos con
vivir cada día a lo bestia y conjugar el verbo del futuro en presente de indicativo.
Y babear de envidia, como ya dije, cada vez que ante nosotros surje un ejemplar memorión
aportando datos de su capacidad y poderío. Véase: La directora de las Ursulinas
Descalzas del Pie Bendito, una religiosa al borde de la santa jubilación, alardeaba
frente a mí de que sabía el nombre de las cincuenta hermanitas de su cofradía y de las
seiscientas niñas que conformaban el alumnado. Y empezó a recitarme el listado, por
apellidos, desde la "A" a la "Z".
Cuando hubo terminado le dije que tal demostración resultaba baladí, que éso podría
hacerlo cualquiera y que lo realmente meritorio hubiera sido emular a Ciro, rey de los
persas, que no sólo podía llamar por su nombre a los veinte mil soldados de su
ejército, sino que además conocía de cada uno la fecha de nacimiento, el número de
caries de su dentadura y el tono de voz.
Pasados algunos meses me enteré de que, tras la conversación con la monjita, ésta
había perdido la razón y que, a partir de entonces, recitaba de memoria el Apocalipsis,
en latín, a todo aquel que quisiera dejarse asombrar de cómo actúa la gracia del
Espíritu Santo sobre un alma buena. Se deduce pues que los que no tenemos memoria tampoco
tenemos alma buena sobre la cual pueda airearse la paloma del Santo Espíritu o, dicho
más vulgarmente, que los incapaces de recordar su propio número de teléfono no le dejan
pista de aterrizaje a ese ejemplar alado que otorga, entre otras menudencias, el don de
lenguas, variante graciosísima de la memoria.
Un ejemplo de leyenda fué el gran Mitrídates Eupator, que administraba justicia en los
22 idiomas de su imperio, o aquel famosísimo poeta -del que un desmemoriado como yo no
recuerda el nombre- a quien le bastó con leerse una sóla vez el diccionario ruso para,
casi a continuación, publicar en Moscú una oda de exaltación al Zar; obra ésta que le
originó una efímera gloria ya que un exaltado seguidor de Lennin, en desacuerdo con los
pareados, le asestó un certero hachazo en ese preciso lugar en que "cerebro"
rima en asonante con "cerebelo".
A quienes carecemos de pasado, sucesos como el del hachazo nos regocijan mórbida e
intimamente. Somos, en cierta medida, cómplices de asesinato. O criminales en legítima
defensa, como Jorge Luis Borges, que se cargó a "Funes, el memorioso" cuando
éste apenas contaba diecisiete años, y alegó en su favor que, "Ireneo Funes, con
solo una mirada de refilón, conocía todos los vástagos y racimos y frutos que
comprenden una parra; sabía las formas de las nubes astrales del amanecer del treinta de
Abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas, en el recuerdo, con las vetas
de un libro en pasta española y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el
Río Negro la víspera del Quebracho..."
El juez encargado del caso, Don Josua Havu, que tenía la facultad de olvidar una palabra
en el momento en que pronunciaba la siguiente, condenó al difunto y absolvió a Borges,
aleccionando así a futuras generaciones acerca de lo que debe ser un justo equilibrio de
la memoria.n
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> Este artículo se publicó en el periódico El Norte de Castilla (10 julio
1994) |