Las noches de suerte, ya al alba, puede uno elegir; y
así sucede que la dimensión del encuentro vuelve a ser de tú a tú, como en los viejos
tiempos, sin importar quién es Cástor o quién Pólux, envueltos ambos en el aura
mágica de la quietud, cualidad suprema de lo eterno.
Con experiencias similares a más de uno se lo han
llevado a los altares después de pasarse la vida en un suspiro levitante y etéreo...
Cuestión de geografía: en Palencia no cuela. Aquí la calle Mayor, de madrugada, produce
pintores y poetas. Y toda la calle es algarada y chismes amorosos y juerga endiablada y
qué se yo cuantísima metafísica soportales va y soportales viene.
Excepto al llegar a los Cuatro Cantones, ya digo, lugar
donde vuelve a oirse un remoto quejído mientras la Santa Compaña hace un rodeo
intramuros para esperarnos más adelante, pasado el susto. Que no el disgusto.
Luego sale el sol y no hay fantasma que aguante más
allá de las nueve, cuando el comercio abre. La Calle Mayor vuelve a la rutina de la
peseta y el edificio del acertijo, esa mole desproporcionada que lleva un Banco en las
tripas, contempla orgulloso el poder del dinero y justifica a voces su existencia.
Da igual. A esas horas de tanto ajetreo, pintores y
poetas roncan colores en pareado, arropaditos en la cama, con dos o tres fantasmitas bajo
las sábanas.