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- Elma María
cantó
- NOZAL

De niña, en el Real
Colegio de las Ursulinas Descalzas, había dado la nota en el Coro, cantando con un primor
inusual aquello del ciervo que a la fuente de agua fresca iba veloz. Más de una monja
levitó con el trino de esta chiguita, de la que se decía en el barrio que cantaba como
los mismos ángeles.
Con la primera
menstruación le vino también el rock, la música country y el techno-pop. Y aprendió
ópera mientras efectuaba el rito diario de eclosionar espinillas frente al espejo. A los
diecisiete años era una adolescente primorosa que ya rompía corazones, si bien ésto no
es cosa de extrañar o, al menos, no lo es tanto como esa otra cualidad suya que asombró
por entonces a todos y que relataré a continuación por considerar tal suceso
verdaderamente interesante.
Fué aquella una época
singular. Y la pequeña ciudad que Elma María habitaba se distinguía por su cordialidad,
su pujante comercio, sus misas y sus concursos. Sí, concursos. Los había a diario:
"Mejor colección de fotografía submarina", "Concurso gastronómico: Del
mejillón con almendras al suflé helado", "Ajedrez: Selección para el Wijk aan
Zee"... y así hasta un largo etcétera con el que no quiero cansar. De entre todos
éllos, uno llevaba este título singular: "Jóvenes promesas para el futuro de la
polifonía local". Elma María se apuntó.
Tal decisión se la
comunicó a su padre cantando, como era de esperar: "Haz las maletas, papá,/ que nos
vamos de excursión./ Si antes, cuando cantaba,/ hasta las monjas levitaban,/ ahora se
cagarán de gusto/ cuando escuchen mi canción". Y, en el penúltimo verso, mientras
advertía que el jurado iba a cagarse de gusto, un Do de pecho arremetió contra el padre
transformándole el tímpano en recuerdo del pasado. "¡Pero qué bestia eres,
hija!" -exclamó aquél buen hombre, integrado ya para siempre en el censo de la
sordera.
Y aún sintiendo por
dentro las campanillas celestiales que sólo los sordos oyen, descubrió con estupor que
el último cuadro de Tápies, colgado tras de sí esa misma mañana y por el que había
pagado la ridícula cifra de seiscientas mil cucas, tampoco pudo con semejante Do y se
había desintegrado sin dejar más rastro que un montoncillo de polvo acumulado junto al
rodapié.
El padre, que sería
desde entonces un sordo sabio, dedujo enseguida que, ante la verdad rotunda y sonora de la
voz de su hija, nada que no fuera auténtico podía mantener el tipo. Esto es: Tápies era
un falsario. Tan exquisito pensamiento, aunque le consoló de la pérdida del cuadro,
nunca le reintegró las seiscientas mil de vellón ni sirvió para nada cuando devolvió
al galerista un saquito de arenillas de colores asegurándole que "éso" era el
cuadro de tan consagrado Tápies, "éso" era la verdad de una mentira.
- O sea -guaseó el
marchante-, ¿está usted insinuando que Tápies no aguanta una canción?
Y no se sabrá nunca si
fué la sorna con que el marchante formulara su pregunta, el cachondeo con que gesticulaba
o su negativa a devolver un sólo duro, lo que provocó en el padre de Elma María una
reacción violenta, tan inusual en un hombre de pacíficos antecedentes. Tomó al
marchante de los pelos y, mientras le zarandeaba, gritó: "Te vas a enterar, besugo;
mañana mismo aquí, en el centro de tu espléndida Galería de Arte, mi hija cantará la
Traviata". Y, efectivamente, al día siguiente, a modo de privado homenaje, Elma
María cantó.
Aparte de un San
Jerónimo de El Greco y de un retrato de Isabel II, de Vicente López, los cuadros que
más sufrieron la agresión fueron aquéllos del XVII que ya estaban embalados y sellados
con dirección al subastero londinense; cuando a los pocos días llegaron a su destino, la
sorpresa fué total: Pintura en polvo del XVII, una buena representación de arcilla de
colores italiana y flamenca, procedente de autores como Lucas Jordán, Rubens, Voss o Van
Dyck. O sea, excelentes falsificaciones hechas fosfatina.
La Sala de Subastas envió un telegrama
al marchante en el que se citaba expresamente a la madre de éste. Un telegrama que jamás
iba a recibir respuesta ya que el osado galerista murió de infarto en el mismo instante
en que Elma María cantaba la Traviata, por segunda vez, mirando entonces fijamente un
pequeño cuadro, situado allí en calidad de préstamo y sin la preceptiva póliza de
seguro, titulado "Los Girasoles", de Van Gogh.n
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Ilustración que encabeza el texto: "Retrato de Elma",
óleo/lienzo 70 x 50 cm.
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Este artículo fue publicado en el periódico "El Norte de Castilla" (6 junio
1993)
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