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- Las
primeras vacaciones de Don Higeldo
- NOZAL

Más palentino que el Bolo de la
Paciencia y con más paciencia que el Santísimo Job, Don Higeldo Martín Martín no pudo
permitirse unas vacaciones como dios manda hasta que enviudó.
Durante su vida de currito por cuenta ajena, llegado el
momento del estío, cobraba la paga extraordinaria de vacaciones y se la gastaba en vinos,
el muy borrachín, pasando el mes colgado del atrio crepuscular de los alcohólicos sin
ánimo de lucro, literalmente embebido en el sueño adolescente de la concupiscencia,
perdida su mirada en el rítmico movimiento de las caderas femeninas y en ese otro temblor
cadencioso de los escotes que se abren al verano de la calle. Fuera de la ciudad tal vez
existiera una distinta geografía, a la que escapaban como locos el resto de sus paisanos
en cuanto la calderilla de la extra resonaba en los bolsillos, tal vez existiera, digo,
¿pero qué falta le hacía a él un nuevo escaparate si entre los Cuatro Cantones y
Barrio y Mier tenía el mejor del mundo?
Un buen año, Don Higeldo Martín Martín llegó hasta el
Sotillo, cuatro manzanas al norte, en las afueras. Eran tiempos en los que se hacía
necesario un palmo de machito: había que epatar al colectivo de hembras que salían de la
Novena del Santísimo Rosario y, antes que den las diez, hora de recogida, iban a mojarse
el tobillo a los cantos donde canta el río Carrión; además, por encima de aquel grupo
de tobillos aparecía otra singular reunión de pantorrillas y, de vez en vez, un trasero
resultón y, aún otras, una pechuga bamboleante. De modo que aquel año Don Higeldo,
poniéndole un paréntesis al vino, veraneó en el Sotillo y conoció el amor, que se
llamaba Dorotea.
Repitió al año siguiente y fué con Dorotea a tomar el sol
en la Isleta, movido por esa añoranza de recién casado que le hace a uno volver al lugar
del crimen. Por aquel entonces Don Higeldo se estableció por su cuenta y montó un
sufrido negocio en el que compraba a cuatro y vendía a cinco, dejando para la historia su
extra de vacaciones y aquélla desmedida afición por la bebida. Gracias a semejante
negocio ya no levantaría cabeza el resto de su vida. Tuvo que trabajar como un animal
para que al menos su Dorotea mojase las nalgas en la playa del Sardinero, riberita del mar
Cantábrico, doscientos kilómetros arriba; él hubo de conformarse con regresar al
Sotillo cada año por las mismas fechas, soñando las postales que su mujer le enviaba
desde el nido de palentinas que históricamente asientan sus reales veraniegos a la sombra
del Palacio de la Magdalena.
Don Higeldo se jubiló y enviudó al mismo tiempo, celebrando
ambos acontecimientos con un viaje patrocinado por el INSERSO destino a Benidorm, al sur,
Mediterráneo. Tenía entonces 70 tacos y era la primera vez que salía de la mesetaria
ciudad de Palencia. Todos sus sueños juveniles se agolparon de pronto al fondo del
recuerdo, formaron en fila de a uno y se aprestaron a un repaso general a medida que
caían kilómetros al otro lado de la ventanilla del autocar. Cuando llegó a Benidorm,
Don Higeldo era ya el más jovencito de la excursión, había puesto a cien las ganas de
vivir y quería, esta vez sí, comerse el mundo.
Esa misma noche en el hotel, retomando la afición al alcohol
que hubiera abandonado cincuenta años atrás, agarró una tajada tan descomunal que bien
parecía retrospectiva. Durmió como un lirón y, a la mañana siguiente, cuando el sol
mordía los cuarenta grados a la sombra, se plantó en mitad de la playa y entró en un
éxtasis contemplativo absolutamente placentero: en aquel gigantesco Sotillo, ciento
veinte mil pares de tetas mostraban impunemente sus encantos sin que se notara en el
ambiente un ápice de pudor. Don Higeldo, que a lo largo de su vida solo había tenido un
fetiche erótico, cual era el temblor del escote femenino, creyó de pronto encontrarse en
el Paraíso.
Y a fe que resultó cierto: Aguantó seis horas estoicamente
ensimismado, catalogando tetas según color y tamaño, forma, textura, olor, humedad,
brillo, ubicación, altivez o ligereza, ajeno por completo a las noticias de TV que
advertían del riesgo de insolaciones en un verano de temperaturas indecentes que ya se
había anotado doce defunciones.
Y la de Don Higeldo, trece. El INSERSO se ocupó de los
trámites funerarios y el cadáver fué devuelto a la ciudad de origen donde, en la
capilla ardiente -nunca mejor dicho- pudo ser contemplado por familiares y amigos,
perplejos ante la enigmática sonrisa que dibujaba su rostro y ligeramente conturbados a
causa de una erección post-mortem que el cadáver exibía con patético orgullo. A modo
de disculpa, alguién adviertió:
- Tened en cuenta que eran sus primeras vacaciones...n |