-
- Reza
nueve avemarías
- NOZAL

"Reza nueve avemarías. Durante nueve días. Pide
tres deseos: uno de negocios y tres imposibles. Al noveno día publica este aviso y se
cumplirán, aunque no lo creas." A continuación, dos iniciales firman el texto.
Este entrecomillado es un anuncio que se publica
regularmente en diferentes periódicos, nacionales incluído EL NORTE DE CASTILLA. Suele
ocupar un espacio de 3'5 x 4 cm o sea, al cambio, unas cuatro mil pesetillas. Para el
periódico, aunque insignificante, no deja de constituir un beneficio económico; sabido
es que muchos pocos hacen un mucho. Y, para el esperanzado anunciante, un chollo, la mejor
inversión que pueda hacer en toda su vida. Cierto que para llegar a asertar este anuncio
hace falta estar pasado de rosca y tener en la cabeza más grillos que tiene la Laguna de
la Nava pero, según parece, a la vista del bombardeo peticional, los grillaos de rosca
deben ser legión.
Un conocido mío propietario de una pajarería, Aurelio
Feiporotto, hijo de padre palentino y madre calabresa, huérfano desde que hizo la primera
comunión y más beato que el mismísimo Marcelino -el de Champagnat-, este conocido digo,
firmó "A.F.", como bien correspondía, rezó, pidió y anunció.
Rezó las nueve avemarías diarias, ni una más ni una
menos, durante nueve jornadas seguidas, sin saltarse un sólo día e interrumpiendo el
rezo al décimo, no fuera a suceder que quebrantara el sortilegio. Pidió un deseo de
negocios: "Que la Junta de Castilla y León compre un periquito para cada
despacho y me pague al contado en billetes de curso legal". Luego pidió dos
imposibles, disimulando la certeza de que ya el primero, el del negocio de los
periquitos, era tan imposible como el que más.
Se tomó un tiempo hasta encontrar dos peticiones que
superasen la altura de imposible a la que había situado el listón. "¡Que
mi difunto padre vuelva a la vida -gritó-, éso sí que es un imposible como dios
manda!" Y, en pleno alarde de estulticia, puesto que había que formular otro deseo,
no sería él quien dejase a su padre sin pareja, de modo que solicitó igualmente la
resurrección de su difunta madre. Esperó nueve días, conforme exige la bobada, pasó
por la redacción del periódico, publicó el "REZA" y... a esperar.
Al principio estuvo nervioso, ocupadísimo en su trabajo,
aumentando el stok de periquitos para prevenir el aluvión de compras que se le avecinaba.
Y pelín inquieto pensando en el recibimiento que le darían sus padres, a quienes no
veía, como es lógico, desde que murieron... Pero, a medida que fué pasando el tiempo,
la desilusión crecía en la misma proporción que las deudas. Los periquitos le salían
por las orejas, doscientos en cada jaula, apretaditos como sardinas en lata, exprimidos de
tanta apretura, ajenos al bondadoso destino que mi buen amigo, Aurelio Feiporotto, había
preparado para ellos: los despachos de la Junta.
Los primeros años no dejó de visitar la tumba de sus
padres el día de los Difuntos, preparándose para el día que habría de llegar de los
Muertos Vivientes; sin embargo poco a poco fué perdiendo la gana e incluso llegó a
arrepentirse de haber solicitado deseos tan imposibles, pensando que tal vez, si
hubiera sido más humilde en sus peticiones, ya estaría gozando los resultados.
Al final, cuando la Junta de Castilla y León, a través
del departamento administrativo correspondiente, embargó todos sus bienes y se apropió
de los veinte mil periquitos asfixiados, Aurelio Feiporotto creyó ver cumplido su sueño.
Y supo de la cruda metáfora de la realidad cuando sus imposibles se le mostraron
tal cual: los huesos desordenados de sus progenitores, amontonados en el osario común del
Cementerio a causa de unas obras de remodelación que pretendían más tierra para más
muertos.
Aurelio Feiporotto, que enfermó de tristeza cuando se
quedó sin periquitos, curó a cargo de la Seguridad Social y estuvo viviendo gracias a la
generosidad del INEM durante el período de tiempo que marca la ley. Ahora se le ha
terminado el paro -eufemismo que quiere decir justamente lo contrario, o sea, que ahora
está más parado que nunca- y un ligero ramalazo de Alzheimmer le está nublando su
propia niñez. De sus difuntos padres, aunque alguna vez los cita, ya ni se acuerda.
- ¿Y qué vas a hacer ahora -le pregunté-, qué proyectos
tienes?
Le brillaron de pronto los ojos, se me acercó a la oreja
con ademán de confesión y, como quien desvelara el secreto del sumario, dijo:
- Voy a construir un zoológico en los jardines del Museo
del Prado. Verás: microclima informatizado, tecnología punta en el pienso compuesto,
grandes carpas de rayos láser, fosas de vidrio acerado, ríos de lava dulce...
Lo tenía todo previsto, incluído el montante de la
inversión antes de beneficios: no sé cuantísimos millones. Insistí:
- ¿Pero cómo conseguirás ese pastón?
- Está chupao -respondió.
Y me enseñó un arrugado recorte de prensa que llevaba
aplastado en el bolsillo trasero del pantalón: "Oración a San Judas Tadeo. Oh, San
Judas Tadeo, tú que todo lo puedes haz que se cumplan mis deseos..." Incluía el
número de días en que debía rezarse la oración, cuando había que publicarlo y, por
supuesto, la firma: "A.F."
Con un gesto de desagrado le recordé que toda esa
majadería ya la había probado infructuosamente y él, a modo de justificación,
concluyó:
- Aquel "REZA" es un chantaje, parecidísimo a
ese otro que se llama "ORACION AL ESPIRITU SANTO", igualmente ineficaz... El
genuino, el auténtico, es éste, el San Judas Tadeo... Aunque eso sí, más caro: cinco
mil.n
|