Se llama Abbé. Yo
venía siguiéndole la pista desde que su madre lo parió pero, créanme ustedes, no he
sido capaz de echarle el guante hasta hace apenas dos años. Y si tenemos en cuenta que
ese animal va para los cincuenta -qué pasada-, coincidirán conmigo en que a poco más ni
le pillo. Fué un milagro. Se me apareció San Internet Niño, envuelto en bits
luminiscentes, y me dijo: ahí le tienes, báilale. Y desde entonces, cumpliendo el
mandato del Dios de la Triple Uvedoble, cogí a Abbé por los pelos, amarré su cintura a
la altura del michelín y, hala, a bailar. Se acabó la mala vida.
Porque, eso sí, antes de la aparición, la vida no merecía ni siquiera
su propio calificativo, lo juro por los nodos de Infovía, todo el día pringao entre
colores, sin tiempo para la peseta, pasando más hambre que Magú -esperpento cuya virtud
consistía en no comer-, escatimando en la intensidad de un rojo cereza -primer color del
espectro solar- para poder comprar cien gramos de ese exquisito postre y matar el
gusanillo, aún a riesgo de cargarme el espectro, qué le vamos a hacer, así son las
cosas, y ya es sabido que con el estómago vacío ni colores ni espectro ni ná.
Todo mi pasado fue un desvarío por culpa de los colores. Cierto
es que en el infortunio participaron activamente los cuatro marchantes que me salieron al
paso, empeñados en matarme antes de tiempo por el procedimiento del tirón, pero en el
fondo la responsabilidad es mía: los colores ya estaban ahí antes de que yo viniera al
mundo y bien pude hacerme el orejas en vez de meterle mano al asunto, entrando al trapo
como un gilipollas.
De cualquier modo, uno no elige el capítulo de la novela que le toca en
suerte, ve su nombre en los papeles sin más ni más, tomás. O sea que aquí estoy,
levitando con Abbé entre dos aguas: por una parte la sociedad del espectáculo, metida en
chorradas de quinta categoría, a tanto el minuto, la portada o la exclusiva; y por otra
parte la sociedad del museo, ridícula etnia que impone la etiqueta desde la hora del
desayuno y exige entre sus miembros la credencial de un encefalograma plano.
Cuando la novela de la vida va pasando las últimas hojas, uno siente que
le han escamoteado el personaje pero descubre, de pronto, que lo importante es
precísamente aquello por lo cual luchó, al margen de que exista un claro reconocimiento
social o a pesar de que no haya reconocimiento alguno.
Internet
Y llegados a este punto viene a cuento el milagro de San Internet,
aparecido a finales del presente siglo para mayor gloria de los que todavía coleamos.
Resulta fascinante encontrar un nuevo medio de comunicación y expresión
artística (denominado de diferentes maneras aunque parece imponerse un término: net-art)
que condensa, aglutina, socorre y amplía a los ya existentes, sin quitarles por éso
ningún atributo particular. Hay que estar necesariamente por la labor, subirse al carro. En
lo que se refiere a las artes plásticas, Internet no discrimina ni excluye, sino que
aporta; es un medio extraordinario de interacción y el cauce adecuado para las nuevas
técnicas de arte virtual, eso que antes llamábamos computer-art, en la
prehistoria de la informática, allá por 1986, cuando al menda le sorprendieron tan
gratamente con su inclusión en la nómina de artistas llamados a inaugurar el Centro de
Arte Reina Sofía. Viene a cuento: aunque aquellos trabajos son una reliquia -la
tecnología entonces estaba todavía en pañales-, hoy volvería a firmarlos. Esta
afirmación, gracias a Internet, deja de ser la expresión de un deseo para convertirse en
un hecho, y ha originado toda una serie de obras que he dado en llamar "Las obras que
nunca existieron", o lo que es lo mismo, para que me entienda mi cuñada, que sólo
existen en la red Internet, lugar donde fueron concebidas y en el que se encuentran como
pez en el agua. Ahí surgió Abbé.
El poder de la imaginación marca el único límite posible. Abbé es la
encarnación personal de ese poder, algo así como el logotipo de la imaginación aplicada
(mi logo, claro, luego cada uno que se monte su película).
En esta nueva sociedad virtual, que nunca podrá desdoblarse en las dos
clases citadas anteriormente porque ni dios les prestaría atención, era preciso hacerse
una casa-estudio y ponerse a trabajar. Tomás fué asesinado en ese momento, sin dolor,
gracias a un virtual y esquizofrénico bit de nueve milímetros. Al instante nació Abbé
Nozal, con un FTP bajo el brazo y unas alitas anticlericales a la altura de las
amígdalas.
Hoy, esta casa-estudio, a la que se accede con un escueto nozal.com,
y a la que todos ustedes están invitados, faltaría más, es una realidad absolutamente
tangible -¡tangible paradoja!-, virtualmente real. Pasen y vean, miren, déjense seducir:
la réplica de la vida surge ante nosotros sin ninguna de sus asperezas y, llegado el
caso, si hay entre ustedes algún masoca, pues nada, que se joda, ahí tiene la puerta de
salida: basta con hacer click.n
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> Ilustración que encabeza el texto:
"Nozal visitado por la Musa", lápiz perteneciente al libro "La Creación
de Josua" (1982).
> Este artículo se publicó en el periódico El Norte de Castilla (12
noviembre 1997)